domingo, 14 de enero de 2018

Tan amigos

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-Bruto calor –dijo el mozo.
Pareció que el tipo de azul iba a aflojarse la corbata, pero finalmente dejó caer el brazo hacia un costado. Luego, con ojos de siesta, examinó la calle a través del enorme cristal fijo.
-No hay derecho –dijo el mozo- . En pleno octubre y achicharrándonos,
-Oh, no es para tanto –dijo el de azul, sin énfasis.
-¿No? ¿Qué deja entonces para enero?
-Más calor. No se aflija.
Desde la calle, el hombre flaco, de sombrero,  miró hacia adentro, formando pantalla con las manos para evitar el reflejo del ventanal. En cuanto lo reconoció, abrió la puerta y se acercó sonriendo.
El de azul no se dio por enterado hasta que el otro se le puso delante. Sólo entonces la tendió la mano. El otro buscó, de una ojeada rápida, cuál de las cuatro sillas disponibles tenía el hueco de pantasote que convenía mejor a su trasero. Después se sentó sin aflojar los músculos.
-¿Qué tal? –preguntó, todavía sonriendo.
-Como siempre –dijo el de azul.
Vino el mozo, resoplando, a levantar el pedido.
-Un café… livianito, por favor.
Durante un buen rato estuvieron callados mirando hacia afuera. Pasó, entre otras, una inquietante  mujercita en blusa y el recién llegado se agitó en el asiento. Después sacudió la cabeza significativamente como buscando el comentario, pero el de azul no había sonreído.
-Lindo día para ser rico –dijo el otro.
-¿Por qué?
-Te echás en la cama, no pensás en nada, y a la tardecita, cuando vuelve el fresco, empezás otra vez a vivir.
-Depende –dijo el de azul.
.¿Eh?
-También se puede vivir así.
El mozo se acercó, dejó el café liviano, y se alejó con las piernas abiertas, para que nadie ignorase que la transpiración le endurecía los calzoncillos.
-Tengo la patrona enferma. ¿sabés? –dijo el otro.
-¿Ah sí? ¿Qué tiene?
-No sé. Fiebre. Y le duelen los riñones.
-Hacela ver.
-Claro.
El de azul le hizo una seña al lustrador. Éste escupió medio escarbadientes y se acercó silbando.
-Hace unos días que andás de trompa –dijo el otro.
-¿Sí?
-Yo sé que la cosa es conmigo.
El lustrador dejó de embetunar y miró desde abajo, con los dientes apretados, entornando los ojos.
-Lo que pasa es que vos embalás en seguida.
¿De veras?
-Se te pone que un tipo estuvo mal y ya no hay quien te frene. ¿Vos qué sabés por qué lo hice?
-¿Por qué hiciste qué?
-¿Ves? Así no se puede. ¿Qué te parece si hablamos con franqueza?
-Bueno. Habla.
Ambos miraron el zapato izquierdo que empezaba a brillar. El lustrador le dio el toque final y dobló cuidadosamente su trapito. “Son veinticinco”, dijo. Recogió el peso, entregó el suelto y se fue silbando hacia otra mesa, mientras volvía a masticar la mitad del escarbadientes que había conservado entre las muelas.
-¿Te creés que  no me doy cuenta? A vos se te ocurrió que yo le hablé al Viejo para dejarte mal.
-¿Y?
-No fue para eso, ¿sabés? Yo no soy tan cretino…
-¿No?
-Le hablé para defenderme. Todos decían que yo había entrado a la Gerencia antes de las nueve. Todos decían que yo había visto el maldito papel.
-Eso es.
-Pero yo sabía que vos habías entrado más temprano.
Un chico rotoso y maloliente se acercó a ofrecer pastillas de menta. Ni siquiera le dijeron que no.
-El Viejo me llamó y me dijo que la cosa era grave, que alguien había loreado y que todos decían que yo había visto el papel antes de las nueve.
El de azul no dijo nada. Se recogió cuidadosamente el pantalón y cruzó la pierna.
-Yo no le dije que habías sido vos –siguió el otro, nervioso, como si estuviera a punto de echarse a correr, o a llorar-. Yo dije que habían estado antes que yo, nada más… Tenés que darte cuenta.
-Me doy cuenta.
-Yo tenía que defenderme. Si no me defiendo, me echa. Vos bien sabés que no anda con chiquitas.
-Y hace bien.
-Chih, decís eso porque sos solo. Podés arriesgarte. Yo tengo mujer.
-Jodete.
El otro hizo ruido con el pocillo, como para borrar la ofensa. Miró hacia los costados, repentinamente pálido. Después, jadeante, desconcertado, levantó la cabeza.
-Tenés que comprender. Figurate que yo sé demasiado que vos si querés me liquidás. Tenés como hacerlo. ¿Me iba a tirar justamente contra vos? No tenés más que telegrafiar a Ugarte y yo estoy frito. Te lo digo para que veas que me doy cuenta. No me iba a tirar justamente contra vos, que tenés flor de banca con el Rengo… ¿Me entendés ahora?
-Claro que te entiendo.
El otro hizo un ademán brusco, de tímida protesta, y, sin querer empujó el vaso con el codo. El agua cayó hacia adelante, de lleno sobe el pantalón azul.
-Perdona.
-No es nada. En seguida se seca.
El mozo se acercó, recogió los más importantes trozos de vidrio. Ahora parecía sufrir menos el calor. O se había olvidado de aparentarlo.
-Por o menos, dame la tranquilidad de que no vas a telegrafiar. Anoche nopude pegar los ojos…
-Mirá… ¿querés que te diga una cosa? Deja ese tema. Tengo la impresión de que me tiene podrido.
-Entonces…no vas…
.No te preocupes.
-Sabía que ibas a entender. Te agradezco. De veras, che.
-No te preocupes.
-Siempre dije que eras un buen tipo. Después de todo tenías derecho a telegrafiar. Porque yo estuve mal… lo reconozco… Debí pensar que…
-¿De veras no podés callarte?
-Tenés razón. Mejor te dejo tranquilo.
Lentamente se puso de pie, empujando la silla con bastante ruido. Iba a tender la mano, pero la mirada del otro lo desanimó.
-Bueno, chau –dijo-. Ya sabés, siempre a la orden… cualquier cosa…
El de azul movió apenas la cabeza, como si no quisiera expresar nada concreto. Cuando el otro salió, llamó al mozo y pagó los cafés y el vaso roto. Durante cinco minutos estuvo quieto, mordiéndose despacio una uña. Después se levantó, saludó con las cejas al lustrador, y abrió la puerta.
Caminó sin apuro, hasta la esquina. Examinó una vidriera de corbatas, dio una última chupada al cigarrillo y lo tiró bajo un auto.
Después cruzó la calle y entró en la Oficina de Telégrafos.


Mario Benedetti

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domingo, 7 de enero de 2018

Irracional deriva


Unos seres, embutidos en forros polares y armados de bates enormes, golpean la cabeza de las focas que duermen descuidadas bajo un tímido sol. La sangre siembra de flores rojas la nieve impoluta sobre el mar helado, mientras llega una agonía vergonzosa y tumefacta, que me llena de ira.

Félix

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sábado, 30 de diciembre de 2017

Consecuencias

Todos los emperadores son crueles y, en consecuencia, olvidadizos. Éte también lo era. En su descuido, a veces olvidaba que la humillación tal o la tortura cual ya la había practicado en esa misma persona. Esposas, concubinas, eunucos, cocineros, ministros sin distinción.
Ahora bien, si la crueldad de un emperador es algo que está en el orden normal de los imperios, la reiteración desatinada también tiene su normal consecuencia: dieciséis entre  esposas, concubinas, y criadas, deeciden asesinarlo.
Qué cuidadosemente planeado está cada gesto. Nadie podrá asombrarse de que a esa hora de la noche las bellas, muy atentas, vayan rodeando al emperador que descnsa en su lecho. Tú lo ententendrás con tus canciones. Tú le servirás el té. A tu cargo estarán los mimos atrevidos. En fien: quien le sujetará los brazos, quien la apretará un cojín sobre la cara, quien le pasaraá al cuello el grieso cordón de seda con un nudo corredecdizo.
Lástima qu, entre las dieciséis, la encargada del nudo justiciero no haya sido capaz de iterpretarlo con la pericia que se da por sentada no sólo en un ínfimo verdugo, sino en todas las mujeres, ya que más tarde o más temprano les tocará ahorcarse. Lo que salió fue un Nudo-de-aventura, de esos ten seguros que no hay manera ni de deshacerlos ni de ceñírlos.
A pesar de los tironeos, puntapiés, arañazos, puñaladas y almohadones, los gritos del emperador arreciaban. Los guardias, que se estaban demorando esperanzados en eñ éxito de la noble fechoría, no tuvieron más remedio que intervenir.
En el forcejeo, de todos modos, el emperador perdió un ojo, y como aparte de cruel era extemadamente  vanidoso, nunca más pudo volver a presentarse en público.
A la que no había sabido hacer el nudo de horca le puso un maestro. Así fue como ella aprendió el Nudo-simple-con-engaño, el Apercibimiento-del-huidizo, el Doble-de-amor,  el Fiel-en-el-tiempo. Todos los nudos: de uso, ornamentales y ritueles. Cuando superó el último examen, ella misma fue la encargada de preparar las sogas con que se colgaron de las vigas sus quince cómplices. Ella, en cambio, después que las descolgó una por una con sus propias manos, quedó libre. Algunos dicen que tal actitud demuestra la escondida clemencia de ánimo del eperador. Otros, que se trató de agradecimiento por esa torpeza que le salvó la vida. Otros, quizá más certeramente, lo consideran un ejemplo exquisito de su crueldad. Qué mayor castigo, en efecto, que el peso de la culpa, que el recuerdo sin mengua de las quince compañeras muertas a cusa de una ineficiencia frívola.
Día tras día, inmóvil, sentada en el último pabellón, ella miraba el muro más allá del estanque. No volvió a hablar con nadie.
Una tarde, cuando fueron a buscarla para encerrarla en el sótano como todas las veces a esa hora, había desaparecido. El emperador no se molestó en dragar el estanque.
-Lo que ha hecho es la natural consecuencia de su rebeldía, comentó, y dado que aspiraba a la fama de poeta, improcisó estos versos, que consideró los más adecuados  para la ocasión ente los que le preparaban sus escribas:

Buena obra es
la del arrepentimiento
cuando la humilde carpa
encuentra su provecho.

Los cortesanos festejaron concienzudamente. Ella, lo que había hecho cuando nadie la vigilaba, era fijar una soga con un  Nudo-de-contrabandista en la tapia que cerraba el jatdín y escalarla, escapar razonablemente lejos e instalarse, bajo otro nombre, en otra corte, dinde vivió largos años, y con holgura, del arte que había aprendido.


Rosalba Campra

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sábado, 23 de diciembre de 2017

Regresión

En mi jubilación, una cena y dolor de cabeza.
Al acostarme, un olor agradable y antañón parecía salir del  armario.

Abrí la puerta: un sol me atropelló, y un sombrero de niño, y un río con su puente, una espiga, un lagarto, una amapola y aquel espantapájaros que pergeñó mi abuelo.

Félix

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jueves, 14 de diciembre de 2017

El beso

Érase una vez una muchacha y un joven. Estaban sentados en una piedra, en una punta de la tierra que se adentraba en el mar, y las olas golpeaban hasta tocar sus pies. Estaban sentados, callados, cada uno en sus pensamientos, y vieron ponerse el sol.
Él pensó que tenía muchas ganas de besarla. Su boca parecía hecha para eso. Había visto chicas más hermosas y, en realidad, estaba enamorado de otra, pero  no creía poder besarla nunca, ya que era un ideal y una estrella, ya las estrellas uno no puede desear poseerlas. Ella pensó que querría que él la besara, porque entonces tendría una oportunidad de enojarse con él y mostrarle lo mucho que lo despreciaba. Se levantaría, levantando sus faldas y ajustándolas en torno a sí; lo miraría con mirada cargada de helada burla y se iría derecha y sin prisas innnecesarias. Pero para que no pudiera adivinar loque pensaba, dijo en voz baja, muy lentamente:
-¿Cree usted en otra vida después de ésta?
Él pensó que sería más fácil besarla si contestaba que sí. Pero no recordaba bien cómo había respondido en otra oportunidad a la misma pregunta y tuvo miedo de contradecirse. Por eso la miró profundamente a los ojos y dijo:
-Hay momentos en que creo que sí.
Esa respuesta agradó a la chica enormemente y pensó: De todas maneras, me gusta su pelo y también la frente. Es una lástima que la nariz sea tan fea y que no tenga una posición. Es sólo un estudiante Con un novio como ese no la envidiarían sus amigas.
Él pensó: Ahora, decididamente, puedo besarla. Pero tenía mucho miedo: no había besado antes a ninguna joven de buena familia, y se preguntaba si sería peligroso. Su padre dormía, tumbado en una hamaca, no muy lejos de allí, y era alcalde de la ciudad.
Ella pensó: ¿Será quizá mejor que le de un bofetón cuando me bese? Y pensó de nuevo: ¿Por qué no me besa, es que soy fea y desagradable?
Y se inclinó sobre el gua para mirarse reflejada, pero su retrato se rompió en las olas que salpicaban.
Pensó a continuación: Me pregunto qué sentiré cuando me bese. En realidad, la habían besado una sola vez, un teniente, después de un baile en el hotel de la ciudad. Pero olía muy mal, a cigarros y a ponche. Y ella se había sentido un poco halagada de que la hubiera besado, ya que era un teniente, pero, por otra parte, ese beso no había sido gran cosa. Y, además, lo odiaba, porque después del beso ni la había propuesto matrimonio ni había vuelto a mirarla.
Mientras estaban allí sentados, cada uno en sus pensamientos, el sol se puso y oscureció.
Y él pensó: Ya que está  todavía sentada a mi lado y el sol se ha ido, quizá no tenga nada en contra de que la bese.
Y lentamente le pasó un brazo sobre los hombros.
Eso ella no lo habá previsto. Había creído que la besaría sin más preámbulos y entonces ella le daría una bofetada y se iría como una princesa. Ahora no sabía qué hacer; quería enfadarse con él, pero no quería perder la oportunidad de ser besada. Por eso se quedó sentada completamente quieta.
Entonces él la besó.
Era mucho más extraño de lo que ella había pensado; sintió que se quedaba pálida y sin fuerzas, y que se había olvidado totalmente de darle un bofetón, y de que no era nada más que un instudiante.
Pero él pensó en un pasaje del libro de un médico muy religioso, llamado La especie femenina, en donde decía: Pero cuidado con dejar que el abrazo matrimonial se supedìte al dominio de las pasiones. Y pensó que debía ser muy difícil cuidarse si un solo beso podía ya hacer tanto.
Cuando salió la luna, estaban todavía sentados besándose.
Ella le susurró al oído:
-Te amé desde el primer momento en que te vi.
Y él respondió:
-Para mí no ha habido otra como tú.


Hjalmar Söderberg

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jueves, 7 de diciembre de 2017

Vocales indignadas

Cansadas las vocales del uso grosero que el hombre civilizado daba a la palabra, decidieron hacer huelga indefinida.
Los poetas se asilvestraron,  regresaron a la época anterior a las pinturas rupestres y el más eximio recitó este poema de amor:

“Grrrr zzzzlm mcnnnt,
tssss rrrrml  nnttmc.
¡ttrrggggg!

Mcnnnt zzzzim grrrr”.

Félix

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